Mostrando entradas con la etiqueta Efesios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Efesios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de octubre de 2025

Qué es el ministerio quíntuple y por qué es esencial en la iglesia (Efesios 4:11-16)


La iglesia del Señor Jesucristo no es una organización humana; es el cuerpo vivo de Cristo en la tierra. Para que el cuerpo funcione “decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40), Dios levanta líderes responsables con el propósito de cuidar y edificar a Su pueblo (Efesios 4:11-16; Hechos 6:1–7; Tito 1:5). Los ministerios mencionados en Efesios 4:11 son una provisión divina para que la iglesia sea saludable, madura y capaz de cumplir la misión de Dios. Estos no son títulos honoríficos ni posiciones de prestigio; son regalos de Cristo a la iglesia, expresiones de su multiforme gracia (1 Pedro 4:10). Ellos tienen un propósito muy claro: equipar al pueblo de Dios para la obra del ministerio.


[1] El propósito de los dones: capacitar al pueblo de Dios
El apóstol Pablo declara: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:11–12, RVR1960).

La palabra griega katartismós, traducida como “perfeccionar”, significa restaurar, preparar, ajustar o poner en su lugar (VINE, 1999). Así como un médico reacomoda un hueso fracturado o un pescador repara su red (Marcos 1:19), los ministerios están llamados a restaurar a los creyentes, ayudándolos a funcionar dentro del cuerpo de Cristo como Dios quiere.

Por eso, el liderazgo espiritual no consiste en que este haga todo, sino en equipar a otros para servir. Los dones ministeriales no son un fin en sí mismos, sino instrumentos del Espíritu Santo para liberar el potencial de cada creyente. La siguiente verdad se aplica a todos los dones: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Corintios 12:7, NBLA). “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10, NBLA).

Una iglesia sana no depende de unos pocos líderes carismáticos, sino de una comunidad donde todos sirven según el don que recibieron. Para que esto ocurra, hay que formar discípulos maduros que edifiquen a otros. Los ministerios nombrados en Efesios 4:11 juegan un papel importante en este proceso.

[2] El proceso del crecimiento espiritual
El ministerio cristiano no se trata solo de programas, actividades o eventos. Pablo enfatiza que la meta es hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13, RV60).

El verdadero propósito del discipulado es que cada creyente sea transformado a la imagen de Jesús (Romanos 8:29; Gálatas 4:19). El crecimiento espiritual no se mide solo por lo que sabemos, sino por cómo se transforma nuestro carácter, nuestras actitudes, nuestra obediencia diaria y el servicio. Nos tenemos que medir con Cristo y no según parámetros humanos.

Para lograr la transformación mencionada, los ministerios están llamados a enseñar la Palabra (2 Timoteo 4:1–5), modelar humildad y servicio (Juan 13; Filipenses 2:1–11) y pastorear con amor (1 Pedro 5:1–3). Su meta no es producir admiración, sino formar discípulos maduros que vivan como Cristo y sepan discernir entre el bien y el mal (Hebreos 5:11-14).

[3] Los frutos de un ministerio maduro
Cuando los dones ministeriales funcionan según el diseño divino, la iglesia manifiesta tres frutos esenciales:

a. Unidad espiritual.
El Espíritu Santo produce comunión entre los creyentes (Hechos 2:42). La unidad no significa uniformidad, sino propósito compartido: todos mirando a Cristo como la Cabeza. “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe” (Efesios 4:13). “Teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Filipenses 2:2).

b. Estabilidad doctrinal.
Cuando los ministerios enseñan la verdad en amor, la iglesia no va a ser arrastrada “por todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). La madurez y firmeza espiritual protegen contra las modas religiosas y los falsos maestros. El llamado a los ministerios y a toda la iglesia es: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado... que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15, RV60).

c. Amor activo.
El amor es el fruto central del crecimiento cristiano (Romanos 12:9-10). Pablo dice que el cuerpo se edifica “en amor” (Efesios 4:16). Sin amor, los dones pierden su propósito (1 Corintios 13:1–3).

[4] Cristo: la Cabeza y fuente de todo crecimiento
En el corazón del ministerio quíntuple está Cristo mismo. Él es la Cabeza de la iglesia, de quien fluye toda vida, dirección y poder. Pablo lo expresa así:  “Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí… recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Efesios 4:15–16, RV60).

El verdadero éxito ministerial no se mide por el tamaño de la congregación, sino por la centralidad de Cristo. Una iglesia puede tener estructura y programas, pero si no fluye la vida desde la Cabeza, se convierte en un cuerpo sin movimiento. Cristo es el centro, Él es la cabeza y la fuente de vida y la dirección de la iglesia, el que la mueve, la sostiene y la hace crecer y al que le pertenece el Reino, el poder y la gloria (Efesios 1:22-23; 2:19-21; Colosenses 1:18; 2:19; 1 Corintios 3:11; Juan 15:4-5; Romanos 11:36; Apocalipsis 5:12-13). Jesús dice: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5, RV60). Cuanto más centrado esté un ministerio en Cristo, más reflejará su carácter y más saludable será la comunidad.

[5] Todos equipados para la obra del ministerio
Efesios 4 también nos recuerda que los ministerios existen para activar el sacerdocio universal de los creyentes. Pablo afirma que todos los creyentes reciben "un don especial mediante la generosidad de Cristo" - un don se refiere aquí a charismata, una gracia, un regalo  (Efesios 4:7, NTV). La Escritura enseña además que todos los hijos de Dios somos “un real sacerdocio” (1 Pedro 2:9), llamados a ofrecer sacrificios espirituales y a anunciar las virtudes de Cristo (1 Pedro 2:5). Cada creyente tiene un papel vital en el cuerpo que aporta a su funcionamiento saludable.

Esto no implica que el ministerio quíntuple reemplaza la responsabilidad personal de cada creyente de servir, sino que la despierta. Los ministerios son entrenadores espirituales que impulsan a la iglesia a la acción, recordando que todo el cuerpo… según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16, RV60).

Cuando cada creyente participa activamente, la iglesia se convierte en una comunidad viva, donde cada don contribuye al propósito común: glorificar a Cristo y extender Su Reino.

[6] El corazón del ministerio quíntuple
Ahora, el propósito del ministerio quíntuple no es ocupar posiciones jerárquicas, sino servir pastoralmente y formar a toda la iglesia. Cuando cada uno, toda la iglesia, cumple su función en amor, todos crecen en unidad, madurez, enfoque doctrinal bíblico y servicio que glorifica a Dios (Efesios 4:11-16).

Pablo resume esta visión de la siguiente manera: “A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo.” (Colosenses 1:28, NBLA).

El corazón del ministerio quíntuple es Cristo mismo, quien da los dones, sostiene a los ministros y hace crecer a su iglesia. Nuestro llamado es servir para edificar, enseñar para transformar y amar para unir, hasta que Cristo sea plenamente formado en Su pueblo.

Reflexión:
  1. ¿De qué maneras podemos asegurarnos de que Cristo siga siendo la Cabeza y el centro de todo lo que hacemos en la iglesia, en lugar de depender de programas o personalidades?
  2. Pablo enseña que los líderes están para equipar a los santos y no para hacer toda la obra del ministerio. ¿Qué implicaciones prácticas tiene esto para nuestra comunidad? ¿Cómo podemos pasar de ser espectadores a colaboradores activos en el Reino?
  3. Según Efesios 4:13–16, la madurez espiritual se refleja en la unidad, la verdad y el amor. ¿Qué señales prácticas muestran que una iglesia está creciendo de manera saludable en estos tres aspectos?
Oración: Señor Jesús, gracias porque tu iglesia no es una obra humana, sino tu cuerpo vivo en la tierra. Gracias por los ministerios que has dado para equiparnos en unidad, madurez y amor. Ayúdanos a servir con humildad, a edificar con fidelidad y a mantenernos conectados a ti, nuestra Cabeza. Que todo lo que hagamos sea para tu gloria, proclamando tus virtudes y edificando tu iglesia en amor, hasta alcanzar la plenitud en ti. Amén.

¿Qué opina? Estoy pendiente de sus comentarios.

jueves, 25 de septiembre de 2025

Qué significa ser profeta en la Biblia y cómo reconocer un corazón profético


“Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.” (Efesios 4:11).

El ministerio profético es crucial para la edificación de la iglesia, buscando mantener la pureza y la integridad espiritual en la iglesia de Cristo. Es importante recordar que su objetivo es apuntar hacia Dios y su propósito redentor. El ministerio profético no busca elevar al hombre, sino exaltar a Dios. Además, está enfocado en edificar, exhortar y consolar (1 Corintios 14:3). La iglesia de hoy necesita redescubrir el corazón del ministerio profético para preparar a la iglesia en santidad y cumplir la misión de Dios (Efesios 4:11-12).

[1] El llamado profético en la historia bíblica
En el Antiguo Testamento, los profetas eran elegidos por Dios para transmitir su mensaje y desafiar al pueblo. Moisés, aunque no se consideraba una persona elocuente, tuvo a Aarón como su profeta, es decir, como su voz (Éxodo 4:10-16; 7:1). Un profeta es alguien que habla en nombre de otro: funciona como la voz de Dios para su gente (Jeremías 1:9; Isaías 51:16).

No siempre hablaban de cosas que iban a suceder. Si bien algunos profetas anticiparon eventos futuros (como Daniel, Isaías, o Agabo en Hechos 11:27-29 y 21:10-11), su misión principal era declarar el carácter de Dios, señalar el pecado y llamar al arrepentimiento. Por ejemplo, Elías retó a Israel a dejar atrás la idolatría y regresar al Señor (1 Reyes 18:21).

Estos hombres y mujeres de Dios fueron inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:20-21). La validez de un profeta no se medía solo por los milagros o las señales que realizaba, sino por su lealtad a la verdad revelada y su llamado a seguir a Dios (Deuteronomio 13:1-5).

[2] El ministerio profético en el Nuevo Testamento
Con la llegada del Espíritu Santo durante Pentecostés, la profecía se extendió a toda la iglesia: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” (Hechos 2:17). Esto implica que cualquier creyente tiene la capacidad de recibir un mensaje profético para edificación, exhortación o consolación (1 Corintios 14:3, 31). Sin embargo, el rol del profeta como un don ministerial va más allá del uso ocasional de la profecía. En Hechos 13:1, vemos que había profetas en el liderazgo de la iglesia de Antioquía. Figuras como Agabo, Silas y Judas (Hechos 15:32; 21:10) muestran que había profetas reconocidos, responsables de guiar y confirmar a la comunidad en momentos críticos.

Los apóstoles y profetas que forman el fundamento de la iglesia en el Nuevo Testamento son un grupo único e irrepetible, ya que fueron elegidos por Dios para revelar y registrar en las Escrituras el mensaje eterno de salvación (Efesios 2:20; Hebreos 1:1-2). Su autoridad es canónica y se mantiene como la norma absoluta para la fe y la vida de la iglesia. Por otro lado, los profetas de hoy son siervos de Dios que, bajo la dirección del Espíritu Santo, edifican, exhortan y consuelan a la iglesia (1 Corintios 14:3). Sin embargo, su ministerio siempre debe ser evaluado a la luz de la Palabra escrita. Así, mientras los primeros sentaron las bases, los actuales ayudan a la iglesia a permanecer fiel y edificada sobre ese fundamento ya establecido, cuyo centro y cabeza es Jesucristo (1 Corintios 3:11; Efesios 4:15).

La Palabra de Dios misma puede considerarse profética, pues fue escrita por hombres inspirados por el Espíritu Santo que recibieron revelación divina y la transmitieron de manera fiel (2 Pedro 1:18-21). Cada página de la Escritura nos revela el carácter y la voluntad de Dios, nos llama a la obediencia y nos guía hacia Cristo, que es el cumplimiento de todas las promesas proféticas (Lucas 24:44; Hebreos 1:1-2). La profecía bíblica no solo abarca predicciones de eventos futuros, sino que, especialmente, también incluye exhortaciones, advertencias y consuelos para el presente, para que la iglesia sea edificada, guiada y fortalecida en la verdad. Por eso, al abrir la Biblia y proclamarla, estamos escuchando la voz profética de Dios que permanece para siempre (Isaías 40:8; Apocalipsis 19:10).

[3] El corazón del profeta: características esenciales
El verdadero profeta no se define por títulos, visiones espectaculares o popularidad, sino por su carácter y obediencia a Dios. Veamos algunas características del corazón profético:

[a] Habla con valentía y verdad: Juan el Bautista es un gran ejemplo. Aunque no hizo milagros, Jesús lo llamó “más que profeta” (Mateo 11:9-11). El llamaba al arrepentimiento (Mateo 3:2-8). No temía confrontar el pecado. No hacía acepción de personas (Mateo 14:3-4). El profeta no acomoda la verdad para agradar a los hombres, sino que proclama la verdad de Dios.
[b] Vive en integridad: Un profeta no solo proclama la verdad, la vive. El carácter precede al carisma. Ananías, descrito como “varón piadoso” (Hechos 22:12), ilustra cómo el testimonio abre puertas al ministerio. Sin santidad, las palabras pierden peso (2 Timoteo 2:21).
[c] Discierne lo oculto: El profeta, lleno del Espíritu, puede discernir los motivos y pensamientos del corazón (1 Corintios 14:24-25; Hechos 5:3-4). Esto no es para juzgar, sino para traer convicción, arrepentimiento y restauración.
[d] Consuela y edifica: El ministerio profético no es destructivo ni condenatorio. Su fin es levantar al caído, animar al desanimado y fortalecer a la iglesia en la esperanza de Cristo (Hechos 15:32; 1 Corintios 14:3).
[e] Está dispuesto a sufrir por la verdad: Los profetas a menudo fueron rechazados, perseguidos e incluso martirizados. Juan el Bautista fue decapitado (Mateo 14:10), Jeremías encarcelado (Jeremías 37:15), y muchos otros sufrieron por causa del mensaje. El corazón del profeta acepta el costo de proclamar la verdad (Hechos 5:29-42).

[4] El impacto del ministerio profético en la iglesia
Protege la pureza de la doctrina. El profeta llama al pueblo a regresar a la verdad y a rechazar la idolatría, las modas espirituales y los engaños (Tito 1:9; 1 Juan 4:1; Deuteronomio 13:1-4; Jeremías 23:16-17, 28-29; Judas 1:3-4).

Fortalece la vida espiritual. Despierta el temor de Dios, la pasión por la santidad y el compromiso con la misión (Salmo 34:9-14; Proverbios 8:13; Hechos 13:1-3; Miqueas 6:8).

Ofrece dirección en tiempos de crisis. Como sucedió con Agabo durante la hambruna (Hechos 11:27-30), la voz profética ayuda a la iglesia a prepararse y a enfrentar los desafíos.

Consolida la unidad. Al convocar al arrepentimiento y la fidelidad, el profeta ayuda a que la iglesia se mantenga firme en Cristo y no se deje llevar por “todo viento de doctrina” (Efesios 4:14-16). El concilio de Jerusalén, con discernimiento profético y apostólico, trajo claridad doctrinal y unidad en medio de una controversia (Hechos 15:28-31).

En una era donde muchos buscan mensajes que los hagan sentir bien y motivados, la voz profética es vital para recordarnos que Dios sigue siendo santo, que el pecado es serio y que el arrepentimiento es esencial.

[5] El profeta y el sacerdocio de todos los creyentes
No todos tienen el don ministerial de profeta, pero cualquier creyente puede ser utilizado en el don de profecía. Pablo nos anima a "procurar profetizar" (1 Corintios 14:39). La iglesia necesita espacios donde este don se exprese de manera ordenada, bajo el liderazgo adecuado y en sumisión a la Palabra de Dios (1 Corintios 14:29-33). Esto no sustituye la responsabilidad de los pastores, sino que la complementa. El ministerio profético nos recuerda que el Espíritu Santo reparte dones a cada miembro para la edificación del cuerpo (1 Corintios 12:7).

[6] Llamado a la acción: necesitamos profetas de acuerdo al corazón de Dios
El mundo realmente necesita líderes que se expresen con valentía, pero también con amor. La iglesia, por su parte, necesita profetas que no se dejen llevar por la popularidad o el aplauso, sino que amen más la gloria de Dios que la aceptación de los hombres. Hoy en día, Dios busca hombres y mujeres que tengan un corazón como el de Isaías: “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8). Que se atrevan a levantar su voz en medio de la confusión cultural, que llamen al arrepentimiento y que compartan la esperanza que encontramos en Cristo. El corazón del profeta late con pasión por la gloria de Dios y por el bienestar espiritual de su pueblo. Su objetivo no es solo impresionar con palabras, sino ver a la iglesia alineada con la voluntad de Dios, edificada en amor y firme en la verdad (Efesios 4:11-16).

Conclusión
El profeta es un regalo de Cristo a la iglesia. No es un adivino ni un oráculo infalible, sino un siervo que escucha la voz de Dios y la transmite fielmente para edificación. Su tarea es confrontar el pecado, consolar al afligido, edificar al cuerpo y señalar siempre hacia Cristo, la roca eterna.

Reflexión
  • ¿De qué manera estoy permitiendo que la voz profética de la Palabra de Dios confronte mi vida, me llame al arrepentimiento y me guíe a una relación más profunda con Cristo?
  • ¿Estoy dispuesto a ser un instrumento en manos de Dios, hablando con valentía y amor la verdad del evangelio, aun cuando esto implique incomodidad o rechazo?
Oración: Señor Jesucristo, levanta profetas que hablen tu verdad con amor y valentía. Abre nuestros oídos para escuchar tu voz, despierta en nosotros arrepentimiento genuino y danos un corazón dispuesto a obedecerte. Haz de tu iglesia un pueblo santo, unido y fiel, preparado para tu venida gloriosa.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Cómo ser un evangelista fiel según las Escrituras

Siguiendo el estudio y la reflexión sobre el ministerio quíntuple, ahora ponemos la mirada en el ministerio del evangelista. Este es otro de los dones que el Señor Jesús dio a su iglesia: “Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros,...” (Efesios 4:11, NBLA). Aunque el llamado a compartir el evangelio es universal para todos los creyentes (1 Pedro 2:9; Colosenses 4:5-6; Hechos 1:8; Mateo 28:18-20; Romanos 10:14-15), algunos son apartados de manera especial para este ministerio, como lo fue Felipe, llamado 'el evangelista' (Hechos 21:8). Pablo exhortó a Timoteo: “..., haz el trabajo de un evangelista, ...” (2 Timoteo 4:5, NBLA).

El corazón del evangelista
Un evangelista es, literalmente, un portador de buenas noticias (euagelistes) (VINE W. E., 1999). Su pasión es proclamar a Cristo, tanto a multitudes como a individuos. Va donde Dios abre puertas; es un ministerio de 'caminante', como lo vemos en Felipe (Hechos 8:40). Felipe anunciaba a la gente las buenas nuevas acerca de Jesús el Mesías (Hechos 8:4-5, 35). En su ministerio, muchos se convertían y eran bautizados (Hechos 8:6, 12). Señales milagrosas, liberaciones y manifestaciones de poder acompañaban su predicación (Hechos 8:6-8). Predicaba en ciudades ante multitudes, pero también estaba dispuesto a llevar el mensaje a una sola persona, como al etíope que buscaba a Dios (Hechos 8:26-38). El evangelista se distingue por su pasión por las almas; no hace diferencia entre uno o muchos. Su gozo está en que alguien conozca a Jesucristo, el Salvador (Lucas 15:7; Hechos 11:18; 15:3).

Jesús: el evangelista ejemplar
Jesús es el evangelista perfecto, nuestro modelo a seguir. Tuvo compasión por las multitudes que “estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36-38, NBLA). Buscó a los perdidos (Lucas 15; 19:10) y Su ministerio estuvo acompañado del poder de Dios (Juan 10:37-38). Además, formó pescadores de hombres para enviarlos y continuar Su misión -un aspecto importante en el ministerio del evangelista (Mateo 4:19; 28:18-20; Juan 20:21). Según el ejemplo de Jesús, el evangelista ora, proclama y anima a otros a involucrarse en la cosecha.

El mensaje del evangelista
El evangelista es llamado a predicar a Cristo crucificado y resucitado, la única esperanza de salvación (1 Corintios 1:23). Su meta no son los aplausos ni ver su foto en las pancartas, tampoco los "me gusta" en las redes sociales, sino que las personas se reconcilien con Dios (2 Corintios 5:18-20). Hoy más que nunca, la iglesia necesita redescubrir este corazón evangelístico. En un mundo quebrantado, Jesús sigue levantando hombres y mujeres con pasión por las almas. Dios desea que todos lleguen al conocimiento de la verdad y sean salvos (1 Timoteo 2:1-4). Pablo reflejó este sentir al exclamar: “¡ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Corintios 9:16, NBLA).

Un llamado para hoy
El llamado es claro: ver a las multitudes con los ojos de Dios, amar como Él ama y ser instrumentos para llevar a muchos a los pies de Cristo (Mateo 9:37-38; Hechos 1:8; 1 Timoteo 2:1-4). Dios quiere ver el cielo lleno de gente de toda nación, tribu y lengua adorando al Rey de reyes (Apocalipsis 7:9-10).
¡Manos a la obra!

Reflexión:
¿Estoy aprovechando cada oportunidad en mi diario vivir para compartir las buenas noticias de Jesús?
¿Qué pasos prácticos puedo dar esta semana para cumplir mi parte en la gran cosecha?

Oración: Señor Jesús, gracias porque Tú eres la Buena Noticia. Dame un corazón compasivo por los perdidos, y pon en mí la pasión del evangelista. Ayúdame a ser fiel en proclamar Tu nombre, ya sea ante multitudes o en una conversación personal. Amén.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Por gracia son salvos


"Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas" (Ef.2:8-10) LBLA

En nuestra predicación del evangelio es importante enfatizar la verdad de que la salvación encuentra su base en la gracia de Dios y no en las obras humanas o en la realización de rituales religiosos. Esto no significa que excluyamos el lugar legítimo de las buenas obras en la vida de un cristiano, pero claramente separamos las obras que hace un creyente porque él o ella es salvo/a de lo que alguien hace en un intento equivocado por ganar la salvación por medio de las obras. La obra redentora de Jesucristo en la cruz es la única provisión de Dios para nuestra salvación. Solo Cristo es el Justo cuya justicia se imputa a los creyentes que no tienen justicia propia.

Cuando el apóstol Pablo habla de 'no por obras' no solamente está haciendo referencia a la ley mosaica, sino a todo esfuerzo humano a través de los cuales los seres humanos intentan obtener la salvación. El propósito de Dios al proporcionar la salvación por la gracia en lugar del esfuerzo humano, es excluir la jactancia, o sea, que los humanos se atribuyan el mérito de su salvación. Creer que puedo salvarme por medio de esfuerzos humanos no solo conduce a la auto-gratificación sino también al orgullo ante Dios (Rom.4:2) y a un sentido de deuda o recompensa (Rom.4:4). Pero, debido a que nuestra salvación es por gracia, Dios ha excluido cualquier posibilidad de jactancia humana. Él no nos debe nada. Todo lo que recibimos de Él es un regalo lleno de gracia.

La gracia la recibimos al abrazar personalmente el plan de salvación de Dios. [1] Reconociendo que somos pecadores y que estamos espiritualmente muertos, y que no hay nada que podamos hacer para ganar nuestra salvación - no importa cuánto lo intentemos. [2] Luego, debemos confiar en que la obra de Jesucristo en la cruz es la provisión de Dios para nuestra salvación - por eso nos arrepentimos de nuestros pecados y abrazamos el regalo de Dios por fe.

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn.3:16) LBLA.
- - -