La iglesia de Cristo no es un monumento inmóvil, sino un cuerpo vivo, en movimiento, que avanza de Jerusalén a Judea, a Samaria y hasta el fin del mundo (Hechos 1:8; Mateo 28:18-20). Para ese propósito, Dios mismo, en su sabiduría, proveyó dones ministeriales que actúan como motores del crecimiento, la unidad y la madurez espiritual. Entre ellos se encuentran los apóstoles (Efesios 4:11-16).
Hablar del “corazón del apóstol” es hablar del latido misionero de la iglesia. El apóstol no busca reconocimiento personal, sino llevar el evangelio adonde no ha llegado.
[1] ¿Qué significa ser apóstol?
La palabra apóstol proviene del griego apostolos, que significa “enviado, delegado, embajador” (VINE W. E.) (2 Corintios 8:23; Filipenses 2:25). Su autoridad no viene de sí mismo, sino de Aquel que lo envía. Jesucristo mismo es llamado “el apóstol y sumo sacerdote de nuestra fe” (Hebreos 3:1), porque fue enviado por el Padre para cumplir la misión redentora (Juan 17:3, 18). Los doce fueron escogidos por Cristo para estar con Él, aprender de Él y luego ser enviados como sus embajadores (Lucas 6:13; Mateo 10:1-2).
Estos doce, junto con los profetas del Nuevo Testamento, constituyen el fundamento único e irrepetible de la iglesia (Efesios 2:20; Apocalipsis 21:14). Vieron al Cristo resucitado (Hechos 1:21-22; 1 Corintios 9:1), recibieron directamente su enseñanza y fueron testigos de su gloria. Hoy, ningún apóstol puede pertenecer a ese grupo exclusivo que estableció la base doctrinal de la fe. Sin embargo, en un sentido más amplio, el ministerio apostólico sigue vigente, pues Dios levanta hombres y mujeres enviados a abrir nuevos campos, plantar iglesias, establecer liderazgo y velar por la fidelidad al evangelio (Hechos 13:2-4; Romanos 16:7).
[2] Las marcas del verdadero apóstol
El Nuevo Testamento distingue entre apóstoles genuinos y falsos apóstoles. Pablo advierte contra quienes se autoproclamaban apóstoles para aprovecharse del pueblo, atando a las personas a sí mismos y predicando otro evangelio (2 Corintios 11:13; Apocalipsis 2:2). Las marcas del verdadero apóstol, según la Escritura, incluyen:
- Un llamado divino confirmado por la iglesia (Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1; Gálatas 2:9). El apóstol no se elige a sí mismo, sino que es enviado por Dios y identificado por la comunidad y otros líderes reconocidos.
- Frutos visibles en la conversión y formación de discípulos (1 Corintios 9:1-2). Donde un apóstol ministra, nuevas iglesias nacen y vidas son transformadas (Gálatas 4:19).
- Señales y prodigios que confirman el mensaje (2 Corintios 12:12; Hechos 14:3). No se trata de espectáculo, sino de evidencia de que Dios respalda su obra.
- Ministerio de enseñanza (1 Timoteo 2:7; 2 Timoteo 1:11). El apóstol no solo evangeliza, sino que edifica con sana doctrina.
- Edificación, no destrucción (2 Corintios 10:8). Su meta es fortalecer, no dividir ni manipular.
- Pasión por extender el evangelio en nuevos territorios (2 Corintios 10:16-18). No se conforma con mantener lo que ya está, sino que anhela avanzar y alcanzar a los no alcanzados.
- Un profundo interés en que la iglesia permanezca fiel a Cristo (2 Corintios 11:2-3).
- Trabajo arduo y disposición a sufrir por Cristo (2 Corintios 11:23-28).
El corazón del apóstol late por la gloria de Dios y por la madurez de la iglesia, incluso si eso significa sacrificio personal.
[3] Pablo: el modelo de un corazón apostólico
Pablo dedicó más de 30 años a viajes misioneros (Hechos 13–21), estableciendo iglesias, levantando líderes y escribiendo cartas que hoy siguen edificando a la iglesia. Su vida estuvo marcada por: Pasión por predicar a Cristo (Filipenses 3:7-14); amor por la iglesia (2 Corintios 11:28-29); sacrificio personal (2 Corintios 11:23-33); formación de nuevos líderes como Timoteo y Tito (2 Timoteo 2:2; Tito 1:5) y dependencia absoluta de la gracia de Dios (2 Corintios 12:9-10).
El corazón apostólico de Pablo no buscaba títulos ni aplausos, sino que Cristo fuese formado en los creyentes (Gálatas 4:19).
[4] El impacto del ministerio apostólico en la iglesia
El ministerio del apóstol es vital para que la iglesia cumpla la misión de Dios en el mundo:
- Extiende el evangelio a nuevos territorios: Los apóstoles son pioneros que llevan la Palabra a lugares no alcanzados (Romanos 15:20). Hoy lo vemos reflejado en los misioneros que dejan todo por llevar a Cristo, donde nunca ha sido anunciado.
- Planta y fortalece iglesias locales: No basta predicar; el apóstol organiza comunidades, establece ancianos y asegura que la iglesia crezca en orden (Hechos 14:23; Tito 1:5).
- Asegura la sana doctrina y la unidad: El apóstol combate falsas enseñanzas y defiende la verdad (Gálatas 1:6-9). Su meta, junto con los otros ministerios, es que la iglesia no sea movida por todo viento de doctrina, sino que crezca firme en Cristo (Efesios 4:14-16).
- Confirma con señales y prodigios: Así como en el ministerio de Pablo y Bernabé, Dios respalda la predicación apostólica con milagros que abren puertas y confirman el mensaje (Hechos 14:3).
[5] ¿Existen apóstoles hoy?
No existen hoy apóstoles de la categoría de los doce apóstoles que establecieron el fundamento de la fe cristiana y cuya autoridad quedó plasmada en las Escrituras (Efesios 2:20; Apocalipsis 21:14). Nadie puede añadir ni modificar ese fundamento. Sin embargo, en el sentido funcional, Dios sigue levantando siervos con ministerio apostólico: enviados a regiones no alcanzadas, fundadores de iglesias, supervisores de obras, defensores de la fe y formadores de líderes. Muchos de nuestros misioneros encarnan hoy ese corazón apostólico. Lo que importa no es el título, sino la misión cumplida: vidas alcanzadas, iglesias plantadas, el Reino expandido y Cristo glorificado.
[6] Un llamado a la acción
La enseñanza de Efesios 4:11-16 nos recuerda que el ministerio apostólico existe para perfeccionar a los santos y edificar el cuerpo de Cristo. Cada creyente tiene un rol en la misión (1 Pedro 2:5, 9; Hechos 1:8), y el corazón apostólico nos desafía a vivir con visión más allá de nuestras comodidades. Hoy necesitamos: Creyentes dispuestos a decir: “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8); iglesias que oren, apoyen y envíen obreros a nuevas regiones (Mateo 9:37-38); líderes con valentía para predicar la verdad en amor (Efesios 4:15); discípulos que abracen el costo del evangelio y vivan para la gloria de Cristo (Lucas 9:23-24).
El corazón del apóstol no es exclusivo de unos pocos. Es el llamado de la iglesia entera a vivir como enviada, como cuerpo misionero que anuncia y demuestra el Reino de Dios hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8). Quizá no todos seremos apóstoles en el sentido ministerial, pero todos somos enviados como testigos y embajadores de Cristo (2 Corintios 5:18-21). Si abrazamos esa misión, veremos una iglesia en movimiento, fiel a la Palabra, apasionada por las almas y firme en el amor de Cristo.
Reflexión:
- ¿De qué manera puede nuestra iglesia reflejar hoy el corazón apostólico de Pablo, llevando el evangelio a nuevos lugares y personas que aún no conocen de Cristo?
- Si el corazón del apóstol se caracteriza por sacrificio, pasión por las almas y fidelidad a la sana doctrina, ¿qué pasos concretos podemos dar como creyentes para vivir y servir con ese mismo espíritu en nuestra vida diaria?
Oración:
Padre celestial, gracias porque en tu amor sigues levantando obreros con un corazón apostólico para llevar tu evangelio hasta lo último de la tierra. Perdónanos cuando hemos buscado comodidad en lugar de obedecer tu llamado; renuévanos con tu Espíritu Santo para vivir con pasión por tu misión. Haznos instrumentos en tus manos para extender tu reino, edificar tu iglesia y glorificar tu nombre en todo lugar.
Excelente.!🙌
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