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Un grave error - la falsa confianza


"Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: "Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. "Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que  gano." Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no  quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "Dios, ten piedad de mí, pecador." Os digo que éste descendió a su casa justificado pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado" (Lc.18:10-14) LBLA

De esta parábola podemos aprender:

  • Tanto el fariseo como el recaudador de impuestos buscaban acercarse a Dios y ser aceptados por ÉL. Podemos decir que su búsqueda de Dios era honesta - cómo lo es en el caso de la mayoría de la gente hoy día.
  • El fariseo confiaba que su religiosidad, sus diezmos y ofrendas, sus buenas obras, el ir al templo, el orar, el ayuno, el tratar de vivir una vida moralmente recta, etc., eran suficientes para su salvación (Mt.3:7-10 / Gal.3:10).
  • El fariseo confiaba en sí mismo, se comparaba con otros y pensaba que con ese comportamiento estaba por encima del resto de la gente. El fariseo no pide nada, el solo muestra lo aparentemente bueno que es. No se ve a sí mismo cómo Dios lo ve y no ve el orgullo que lo está eliminando. Su oración es larga y parece que trata de convencer a Dios para que lo acepte basado en su obras.
  • El recaudador de impuestos no tenía mucho que ofrecer. Lo único que tenía era su bancarrota espiritual. Tenía todo una lista de cosas que lo dejaban mal parado. No se atrevía a acercarse, la vergüenza lo tenía cautivo, la culpa lo condenaba.
  • El recaudador de impuestos, no quedándole nada que ofrecer, no mirando a nadie con quien compararse, confió en la misericordia y en el perdón de Dios. Su oración es corta y al punto. Éste sale justificado, perdonado, aceptado.
  • Aquel que se auto-justificó salió vacío y el que se auto-condenó salió siendo aceptado, perdonado

Hoy día mucha gente va a sentarse en un edificio llamado iglesia asumiendo que por su membresía a una iglesia, por haberse bautizado, por dar diezmos y ofrendas, por sus ayunos y oraciones, por tratar de vivir relativamente bien van al cielo o que por estas acciones pueden impresionar a Dios para que sus oraciones sean contestadas. No es que estas personas no estén buscando sinceramente a Dios, pero la verdad es que no entienden de qué trata la verdadera relación con Dios. Muchos piensan que lo que ellos hacen es lo que importa para ser gente aceptada por Dios - asistir todas las semanas a culto, leer la Biblia regularmente, dar el diezmo, tratar de ser gente decente.

La realidad es que la salvación no es el producto de buenas acciones. Somos pecadores desde nuestro nacimiento y no estamos 'programados' para hacer cosas buenas que nos hagan aceptos delante de Dios. Y ningún esfuerzo humano es suficiente para impresionar a Dios, solamente nuestra confianza (fe) en Él (Rom.3:22-26 / Rom.11:32 / Ecl.7:20 / Gal.3:22 / 1Jn.1:8-10).

Es cuando reconocemos que somos pecadores y que necesitamos de la misericordia de Dios, y cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y cuando creemos que Cristo cuadró nuestra cuenta que teníamos pendiente, es cuando nacemos a una nueva vida sembrada en Cristo (2Cor.5:17 / Ef.2:1-10 / Mr.16:16 / Jn.3:14-18 / Jn.5:24 / Jn.6:27-29,35,40 / Hch.13:39 / Hch.15:7-9 / Rom.4:5,16 / Rom.10:9-10 / Gal.3:22).
Desde el momento que confiamos en Cristo el Espíritu Santo habita en nosotros. Es ese Espíritu Santo que llega a ser el motor en nosotros que nos motiva, nos empodera y nos lleva a hacer cosas que a Dios sí le agradan (Gal.3:14 / Jn.7:37-39 / Hch.2:38 / Hch.10:45-47 / Jud.1:19-20 / Tit.2:11-14 / Ef.2:10).

GRACIAS A DIOS podemos tener una relación íntima con Dios basada en Cristo y no en nuestras obras. Esta relación es posible cuando admitimos que somos pecadores, declaramos nuestra propia bancarrota y cuando confiamos en Cristo nuestro redentor. La nueva vida se verá reflejada luego en nuestros hechos.
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